Leyendas Religiosas
Descenso de la Virgen María a la Ciudad de Jaén, el 11 de junio de 1.430
Lo que a continuación sigue es la transcripción completa de las actas que levantó el escribano real Juan Rodriguez de Vaena, con motivo de la toma de testimonios a los testigos del hecho acontecido la noche del sábado 10 de junio de 1.430. Se ha intentado respetar al máximo la ortografía y la sintaxis del castellano del siglo XV.
«En la muy noble ciudad do Jaén, martes trece días del mes de Junio, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil cuatrocientos treinta. Este día el honrado y discreto varón Juan Rodríguez de Villalpando, bachiller en Decretos, Provisor oficial y Vicario general en lo espiritual y temporal en todo el Obispado por el muy reverendo en Cristo padre y señor don Gonzalo de Astuñiga, por la gracia de Dios y de la santa Iglesia de Roma Obispo de Jaén, y en presencia de nos, los notarios públicos y testigos yuso escriptos, el dicho Provisor dijo que por cuanto en esta ciudad se decía y era fama pública que el sábado que a postre había pasado, que se contaron diez días del dicho mes y año, que algunas personas habían visto cerca de la iglesia de San Ildefonso, que es en el arrabal cerca de esta dicha ciudad, ciertas visiones maravillosas de ciertas personas que habían aparecido en cierta forma y con mucho resplandor de claridad, y por cuanto él quería sabor qué personas eran aquéllas que habían visto la dicha visión, y recibir información de aquello que había aparecido y habían visto, porque la verdad de ello manifiestamente pudiera parecer, y no hubiese mezclamiento de falsedad con ella, y por ende que nos requería y rogaba que diésemos fe de lo que ante nosotros pasase.
Y para la dicha información tomó ciertos testigos que delante de él fueron traídos y presentados de su oficio, los cuales fueron: Pedro, hijo de Juan Sánchez, casero de la mujer de Rui Diaz de Torres que Dios perdone, morador en Jaén en la dicha collación de San Ildefonso; y Juan, hijo de Usanda Gómez, morador en Jaén en la collación de San Bartolomé; y Juana Fernández, mujer de Aparicio Martínez, pastor, vecina de la dicha collación de San Ildefonso; los cuales pusieron la mano en la cruz y juraron en la mano del dicho Provisor, por Dios y por Santa María y por la señal de la cruz que con sus manos tañeron corporalmente, y a los santos evangelios do quiera que estén, que bien y fiel y verdaderamente dirán la verdad de todo lo que supiesen en aquel caso sobre que allí eran traídos y presentados, y que ni la dejarían de decir por amor ni desamor, ni temor ni por otra causa, ni por aprovechar a uno ni dañar a otro, mas que como fieles cristianos dirán la verdad do todo lo que habían visto sin mezclamiento de falsedad, y juraron según y por la forma que el dicho Señor Provisor les mandó y tomó el dicho juramento, respondiendo ellos y cada uno de elles: sí juro, y después: amén, según la costumbre. Y luego dicho señor Provisor apartada y secretamente preguntó al dicho Pedro si él había visto aquel día sábado suso contenido alguna visión que fuese maravillosa cerca de la dicha iglesia, y dijo que le mandaba y mandó y requirió so cargo del dicho juramento de lo que había visto y a qué hora y por qué manera.
Y luego el dicho Pedro dijo: que el dicho día sábado que él estando echado en una cama en casa de Alfonso García, que es en la dicha collación y cerca de la dicha iglesia de San Ildefonso, de noche a hora de media noche y como cuando el reloj da doce horas, que despertó y vio la puerta de las dichas casas que sale a la calle abierta, y que luego vio entrar a Juan, hijo de Usenda Gómez, vecina eso mismo de la dicha ciudad, que parece que la había abierto para salir, por cuanto dormía eso mismo aquella noche en la dicha cama y en la dicha casa con el dicho Pedro y con Juan hijo del molinero, y que vio cómo el dicho Juan entró recio y que cerró la puerta y echó recio un palo que estaba por tranca de la dicha puerta y que se echó luego en un poyo frontero de la dicha puerta que salía a la calle, y echóse como a manera que venía espantado, y que así echado dijo a este testigo: Pedro, levántate y verás cuánta gente va por la calle; y que este testigo dijo: por dónde va; y que el dicho Juan dijo: ahí arriba va de cara a San Ildefonso, y que luego se levantó este testigo en camisón y se entró a un corral que es dentro de las dichas casas hacia la dicha iglesia, y que subió por una pared baja a otra más alta, que son ambas de las dichas casas, y que de aquella pared parecía bien la dicha iglesia y toda esa plaza que está en las espaldas de ella con el muladar y la calle por donde decía el dicho Juan que iba la gente, y estando este firma echado de pechos sobre la dicha pared vio ir la calle arriba de cara a la dicha iglesia siete personas que parecían hombres, que llevaban siete cruces, uno en pos de otro como suelen ir en procesión en esta dicha ciudad, y que las dichas cruces parecían a las cruces de la dicha ciudad, y los hombres que las llevaban iban vestidos de blanco y las vestiduras cumplidas hasta los pies; y que vio hasta otras veinte personas vestidas eso mismo de blanco hasta los pies, que iban de una parte y de otra a manera de procesión reglada y que iban juntas con las cruces y eso mismo vestidos de blanco, y parecía que iban rezando; y que en fin de la dicha procesión que iba una dueña más alta que las otras personas, vestida de ropas blancas, y llevaba una falda tan grande como dos brazadas y media o tres, y ella iba por sí en la procesión atrás y que no iba cerca de ella otra persona, y que este firma no le vio la cara, pero que le pareció que salía de su cara tanto resplandor que alumbraba tanto o más que el sol, que con el resplandor parecían todas las casas de alrededor y aun las tejas de los tejados se determinaban así como si fuera mediodía y el sol bien resplandeciente; tanto era el resplandor que le quitaba la vista de los ojos, así como si mirara de hito en el sol; y que esta dueña llevaba en los brazos una criatura pequeña vestida eso mismo de blanco, y que llevaba la dicha criatura en el brazo derecho; y que vio que atrás de la dicha dueña que venían hasta trescientas personas, hombres y mujeres, las mujeres cerca de la falda de la dicha dueña y los hombres más atrás, y que estas mujeres y hombres no hacían procesión, mas iban todos juntos, las mujeres delante y los hombres detrás como dicho es, y todos vestidos de blanco; y que a la postre de estos hombres y mujeres venían hasta cien hombres armados, todos en blanco, y que sonaban las armas.
Pedro, hijo de Juan Sánchez, casero de la de Rui Diaz de Torres, morador en Jaén en la collación de San Ildefonso, del arrabal de la muy noble ciudad de Jaén, testigo recibido por el señor Provisor en el negocio suyo escrito, so cargo del juramento que hizo y siéndole hechas las preguntas al caso pertenecientes, dijo:
Que el sábado que ahora al postre pasó, que se contaron diez días de este mes de Junio y año presente en que estamos, así como a hora de queriendo dar las doce horas el reloj a la media noche, estando este firma en una cama durmiendo en casa de Alonso García, que es en la dicha collación que es cerca la iglesia de San Ildefonso, y otrosí estando con él en la cama Juan, hijo de Usanda Gómez, vecino en la dicha ciudad, que dormía con él, que este testigo despertó a la dicha hora y que vio la puerta de la calle de las dichas casas abierta, y que vio entrar al dicho Juan y que como entró recio que cerró la puerta y que echó la tranca recio y que se echó en un poyo a manera que venía espantado, y que así echado que dijo a este testigo: Pedro, levántate y verás cuanta gente; y que este testigo dijo: por dónde van; y que el dicho Juan le dijo: ahí arriba van de cara de San Ildefonso; y que luego que este testigo que se levantó en camisón y se entró a un corral que está en las dichas casas, y que por una pared baja que saltó a otra pared más alta que está en las dichas casas, de la cual dicha pared podía muy bien mirar toda la calle y las espaldas de la capilla de la dicha iglesia de San Ildefonso, y que en asomándose por encima de la dicha pared que vio ir por la calle de arriba de cara a la dicha iglesia siete cruces que llevaban siete hombres, una en pos de otra, que se parecían a las cruces de la dicha ciudad, y los hombres vestidos todos de cosa blanca hasta los pies; y que vio que luego junto con las cruces que iban hasta veinte personas vestidas de blanco eso mismo hasta en pies, de ambas partes a manera de procesión y rezando; y en fin de esta procesión que iba una dueña que era más alta que las otras personas y vestida de ropas blancas, y llevaba una falda tan grande como dos brazadas y media o tres, y ella iba sola en procesión atrás, y que no le vio la cara este firma, pero que le pareció que salía tanto resplandor de su cara de ella que alumbraba más que el sol y que todos estaban en tanta claridad que se parecían las casas de la comarca y tejas de los tejados y la dicha iglesia y todas las cosas así como si fuera medio día, y tanto resplandor era que le quitó la vista de los ojos a este firma a tanto y más que si mirara al sol de hito; y que llevaba esta dueña en los brazos una criatura pequeña vestida eso mismo de blanco, y que no le vio otra cosa que llevaba la dicha criatura, y que lo llevaba en la mano con el brazo derecho solo; y que luego detrás de la falda de la dicha dueña que venían hasta trescientas personas, hombres y mujeres, las mujeres cerca de ella y los hombres atrás, y todos vestidos de blanco, y que iban todos juntos y no en procesión; y que después de esta gente atrás que venían hasta cien hombres armados todos en blanco y que sonaban las armas unas con otras, y que en esto conoció que eran armados y que le pareció que traían de figuras de lanzas en los hombros; y que toda esta gente que iba detrás de la dueña iban callando y de su espacio mucho paso a paso, y por manera que cuando este testigo fue subido encima de la pared que la procesión no era aún llegada a la dicha iglesia, y que habría desde la dicha casa hasta la capilla de la dicha iglesia echadura de piedra puñal; y que en las espaldas de parte de fuera de la dicha capilla que viera aparejado un grande altar tan alto como una lanza y que relumbraba mucho, y mucho honrado y compuesto el dicho altar, y con paramentos toda la pared encima de los blancos y de los colorados; y que vio que cantaban a alta hasta veinte personas vestidas eso mismo de blanco, y que las voces parecían flacas como suelen tener los enfermos desde que se levantan de la dolencia, y que este testigo no vio la cara de ninguna de aquellas personas, pero que en el altar no vio persona alguna de manera de clérigo vestido ni aun otro que llegase al altar ni fuese tan alto; y que llegando la dicha gente al altozano cerca de la dicha capilla que se sentó la dicha dueña y toda la otra dicha gente, y que le pareció que era tanta que todo el dicho altozano estaba lleno, el cual podía caber más de ochocientas personas; y que cuando fueron llegados que su vista de esta firma no podía sufrir la claridad tan grande, que se echó de pechos sobre la pared y no miraba la gente, aunque estaba bien clara la pared y alrededor de la luz que resurtía de aquela dueña; y que después estando así un poco como que le descansaron los ojos y le recobraron la vista, que tornó a mirar a la dueña y a la otra gente, y que vio a la dueña sentada como en ropa que resplandecía como figura de plata y que estaba sentada toda la otra gente, y que los que cantaban estaban en pie y que estaban de ambas partes del altar, y la dueña estaba sentada cerca de la procesión y toda la otra gente junta alrededor detrás de ella; y que este firma, desde vio la gente así sentada y sus ojos hubieron cobrado su vista, que se empezó a descender de la pared al uso y se descendió bien como subió, y que se descendiera antes sino porque tenía turbada la vista y hubo miedo de descender; y que estuvo así encima de la pared cuenta de espacio de media hora poco más o menos, y que cuando subió que daba el reloj las doce como dicho ha, y en acabándolas de dar que tañeron a maitines en la iglesia de Santa María y en algunas de las otras iglesias; y que cuando venía esta gente que oyó que venían muchos perros ladrando en pos de ellos. Preguntado si cuando vio esta gente si hubo espanto o si hubo placer o qué sintió, dijo: que cuando vio la gente primera que sintió como placer en su corazón como si viera otra gente, y que después vio la gente armada hubo espanto; y que aquel placer que hubo que le pareció que era por cuanto en el dicho arrabal hay miedo de moros cada noche, y que desde que vio la procesión y la gente y las cruces que hubo placer, como que aquella gente segura estaba de moros y que así que todos los que estaban en el dicho arrabal estarían seguros; y que cuando vio la gente armada hubo espanto y dudó; y que cuando se descendió que se echó a dormir y no dijo nada a otra persona y durmió hasta cerca del día; y que cuando fue de día claro que vino a ver si aquella gente si había hecho fuelliga o rastro alguno y que no halló fuelliga ninguna. Preguntado que cómo lo dijo, y en qué lugar lo dijo primero, dijo: que tornando él del cementerio a ver si había fuelliga a las dichas casas y antes que entrase en casa, que el dicho Juan que hablaba con Miguel Fernández de Pegalaxara tornándole lo que había diciéndole cómo había visto pasar cinco cruces y otra gente que iban en procesión, y que entonces que este testigo que dijo: yo lo vi todo; y que el dicho Juan que tenía la cara mucho amarilla cuando se levantó, y que este testigo que le dijo: cómo estás así a tan amarillo; y que el dicho Juan le dijo: de el miedo de anoche; y que después este domingo siguiente que le preguntaron lo que había visto y que él le dijo según lo había visto; y otrosí dijo que el miércoles de antes, así como a media noche, desde que despertó de dormir que oyó una voz que le dijo: no duermas y verás mucho bien; y que el jueves como al primer sueño, que despertó y oyó la semejante voz; y que el viernes no oyó cosa ninguna, y que el dicho día sábado vio lo que dicho ha.
Juan, hijo de Usenda Gómez, morador en la collación de San Bartolomé, testigo recibido por el dicho señor Provisor en el dicho negocio y so cargo del juramento que hizo, dijo:
Que el sábado en la noche que a postre pasó, que se contaron diez días de este mes de Junio año presente, que le pareció que sería a hora de media noche, estando durmiendo en el arrabal cerca de San Ildefonso en unas casas de Alonso García con otros tres en una cama, que estaba este firma enmedio cerca de Juan hijo del molinero que estaba cerca de la puerta de la calle de la dicha casa que daba claridad como de candela, y que pensó que era de día, y que oyó luego como ladridos de perros, que eran siete perros cazadores que estaban fuera de la dicha casa y otros muchos perros chicos y grandes que sonaban como lejos de aquella casa, y que este firma que pensaba que era ya de día, a tanta vio la claridad, y que se levantó desnudo y abrió la puerta un poco que estuvo mirando de dentro de casa y la cabeza fuera para mirar por entre la puerta y la pared, y que vio cinco cruces venir una tras otra como suelen venir en procesión, y que las traían cinco hombres mancebos como barbirrapados, y que las cruces eran así como estas de Jaén todas blancas; y que en fin de la procesión de las cruces que iba una dueña vestida y cobijada con ropas blancas y a manera de mantillo, y que le pareció según el bulto que llevaba como que estaba en cama o en estrado o como en una silla grande que parecía de plata, y que ella iba más alta que los otros cuanto medio codo, pero que no llevaba nadie a la dueña, que ella se iba por sus pies y que iba muy paso; Y que salía de esta dueña tanta claridad que resplandecía así como el día resplandece cuando hace el sol claro y está en su virtud, y así que se veía toda la calle; y que llevaba esta dueña una falda arrastrando que habría en ella hasta tres brazadas, y que llevaba en el brazo derecho una criatura pequeña de hasta un año y que le pareció bien hermoso y vestido todo de blanco, y que llevaba en la cabeza una cosa como blanco; y que a la dueña no llegaba persona en cuanto estaba su falda; y que en pos de ella que le pareció que venían clérigos como en procesión de una parte y de otra, en medio de la calle no iba nadie salvo les clérigos que iban de una parte y de otra como a manera de procesión, y que serían hasta diez clérigos, porque conoció que eran clérigos que traían las coronas abiertas e iban rezando, que no entendió palabra de lo que decían; y después de esta procesión de estos clérigos que venían cuenta de cien personas, armadas y vestidas todas en blanco, y que sonaban las armas y que llevaban como lanzas; y que este firma no esperó que pasasen todos, que luego se entró y metió la cabeza y cerró la puerta tras sí, pero que vio el cabo de la gente por la calle que no venía más gente, y que cerró bien su puerta y quiso llamar al dicho Juan que estaba en la cama y que no pudo y que se deliberó y llamó a Pedro, hijo de Juan Sánchez, y que le dijo: verás, Pedro, qué cosa es ésta, qué gente va por la calle en blanco y una señora; y que el dicho Pedro que se levantó y se vistió su camisón y se fue al corral; y que este firma se vistió su ropa y se acostó encima de un poyo dentro en las dichas casas, y que primero estuvo posado en el dicho poyo imaginando de lo que había visto, y que después se acostó y estuvo un rato que no durmió y que luego se durmió, por manera que cuando el dicho Pedro se volvió a acostar que no lo vio. Preguntado si cuando vio aquella gente si tomé placer o si hubo pavor, dijo: que cuando luego vio las cruces que pensó que andaban en procesión, y después que vio aquella gente en blanco que vio que la claridad no era tal claridad como de día, salvo claridad de otra figura, que estuvo así dudoso, que no hubo pavor ni placer, salvo que cuando luego salió al comienzo que aquella claridad como que lo calentó, aunque no tanto como el sol. Preguntado que cómo lo dijo después, dijo: que de mañana cuando se levantó que lo dijo a la mujer de allí de casa y a los otros que estaban en casa, y que el dicho Pedro que estaba allí y que dijo eso mismo que él lo había visto.
María Sánchez, mujer de Pero Hernández, pastor, vecino en Jaén en la collación de San Ildefonso, testigo recibido por el dicho señor Provisor en el dicho negocio y so cargo del juramento que hizo, dijo:
Que el sábado en la noche que a la postre pasó, que se contaron diez días de este mes de Junio año presente, estando esta firma en las casas de su morada que son en la calle maestra que va a San Ildefonso que son en el arrabal de esta ciudad, así como a hora de entre las once y las doce, que se levantaba esta firma a dar agua a un niño su hijo que tenía doliente, que vio gran claridad dentro en las dichas sus casas, que parecía así como resplandor de oro reluciente cuando le da el sol, y esta firma que pensó que era relámpago y que hubo temor y se puso de rodillas en el suelo, y que miró hacia la calle por un resquebrajo grande que está entre las puertas de las dichas sus casas, y que vio que pasaba por la dicha calle una dueña con paños blancos y con flores blancas más claras que los dichos paños y que se conocía en el paño, y que le parecía que el manto que llevaba la dicha dueña que iba forrado en cendales como de colores de tornasol; y que llevaba un niño en los brazos y en el brazo derecho y abrazado con el izquierdo, y que el dicho niño iba envuelto en un paño de seda blanco; y que ella era alta más que otras personas cuanto un codo, y que el niño parecía como de cuatro meses y bien criadillo; y que iba a la su mano derecha un hombre que le parecía semejante a la figura de San Ildefonso, según está figurado en el altar de la iglesia de San Ildefonso, y que llevaba una estola al cuello y un libro en la mano, y que llevaba la dicha estola según la ponen los clérigos para decir misa y un manipulo en la mano, y el dicho libro abierto en las manos como que lo llevaba delante de ella para que lo ella viese, con una cobertura blanca; y que a la otra parte de la dicha dueña que iba una mujer a manera de beata, un poco atrás, que no tuvo conocimiento quién era; y que del rostro de la dicha dueña salía todo el resplandor; y que en viendo la dicha dueña y el dicho resplandor que tuvo pavor súbitamente; y que luego hubo en ella reconocimiento que era la Virgen santa María, y que le vio a la dicha dueña una diadema puesta en la cabeza según está figurada en el altar de la dicha iglesia, y que este conocimiento hubo por lo que dicho ha y que porque era mucho semejable a la imagen de Nuestra Señora que está figurada en el dicho altar; Y que el dicho santo Ildefonso que tenía otra diadema en la cabeza y su corona grande abierta como de fraile, según está figurado en la dicha iglesia; y que después de la dicha dueña iba gente vestida toda de blancas vestiduras, y que no vio cruces ni candelas, salvo el dicho resplandor, y que después de ella pasada que tanta claridad daba en las dichas sus casas como de antes cuando ella pasaba y por semejante parecía en la calle; y porque ella estaba sola no osó más llegar a la puerta para ver más, salvo que se entró a su palacio; y que no estaba con ella otra persona, salvo dos criaturas una de hasta ocho años y la otra de hasta cuatro años; y que la dicha dueña y la otra gente que iban a manera de procesión de hacia la iglesia de San Ildefonso hacia la ciudad; y que entrada en su palacio que hubo gran consolación, y que oyó luego el reloj que dio las doce horas y acabando que tañeron luego a maitines; y dijo esta firma que a la sazón que oyó como canto, pero que no le parecía el canto según de este mundo, y que en lo oir hubo mucho gasajado y consolación.
Juana Hernández, mujer de Aparicio Martínez, vecina en la collación de San Ildefonso, testigo recibido en información por el dicho señor Provisor en el negocio de uso escrito y so cargo del juramento que hizo, dijo:
Que estando esta firma en sus casas que son en la dicha collación de San Ildefonso, que son de cara del cementerio, el sábado en la noche que pasó que se contaron diez días del mes de Junio del año presente, así como después del primer sueño antes que cantase el gallo, que se levantó esta firma al corral de sus casas por cuanto tenía pasión en las tripas y se había levantado antes otras tres veces, y que estando así que vio súbito un resplandor grande cerca de las espaldas de la capilla de la dicha iglesia de San Ildefonso, y que imaginó en sí luego que era relámpago, y que deliberó que no sería relámpago por cuanto era grande y muy resplandeciente la claridad y que era continua aquella claridad; y que estando así parando mientes entre las puertas de las dichas sus casas, que vio venir una dueña que venía con otra mucha gente de hacia las cantarerías la calle arriba hacia la dicha capilla, y que parecía que traía la dicha dueña en los brazos ante sus pechos un bulto que no pudo determinar qué cosa sería, y que le pareció que de su faz de ella y de aquel bulto salía aquel resplandor; y que venía por encima de un muladar que estaba cerca de la dicha capilla como a manera de procesión, y que detrás de ella venían otras gentes vestidas de ropas blancas, y que le parecía que algunos de ellos traían palos en las manos enhiestos, y que por cuanto el umbral de las puertas de las dichas sus casas es bajo no pudo ver si eran cruces o cetros ni qué cosa era; y que esta claridad no le parecía de sol ni de luna ni de candelas, antes le parecía como de un resplandor que ella nunca vio, y cuando vio esta firma esto que se cayó amortecida con temor y que comenzó a estremecer toda, y porque se le quitaba la vista que se echó turbada hacia la pared y las espaldas hacia la claridad que había visto, y que estuvo así un poco y se levantó y las manos por la pared se fue a su palacio; y que la claridad se quedó allí; y que antes cuando ella miraba que le pareció que esta dueña se paró tras la dicha capilla y así que la perdió de vista, porque de su casa no la podía ver, pero que quedaba la claridad; y esta firma con temor fuese a la cama con su marido y que estaba una criatura con su marido que la quitó y se acostó tremiendo cabo su marido.
Preguntada si la gente venía en procesión o junta, dijo: que con el temor no paró mientes, salvo que venía mucha gente vestida en blanco, y que más cercanos de la dicha dueña venían dos personas, no sabe si eran hombres o mujeres, una de una parte y otra de la otra, y que esta dueña que le pareció que era más alta que los otros, y que luego desde a poquito que oyó tañer a maitines, y que le pareció que la dicha dueña y la otra gente que venían mucho paso a paso en procesión.
A lo cual todo fueron presentes por testigos que vieron hacer el dicho juramento a los testigos susodichos y a cada uno de ellos, Pedro de Plasencia y Alonso hijo de Lope Pérez, escribanos, y Álvaro de Soberado, vecinos y moradores en esta dicha ciudad de Jaén, y asimismo Gabriel Díaz, clérigo compañero en la iglesia de Jaén, que lo tomó el dicho señor Provisor para ver hacer la dicha información. Va escrito sobre raído o díz encima y entre lineado o diz según está figurado en el altar de la iglesia de San Ildefonso. Y yo, Juan Rodríguez de Vaena, escribano de Ntro. Señor el Rey y su notario público en la su corte y en todos los sus Reinos, en uno con el dicho señor Provisor y por ante Álvaro de Villalpando y Fernando Díaz de Jaén, notarios públicos, y por ante los dichos testigos, a todo lo susodicho presente fui y soy ende testigo y lo hice escribir, y por ende hice aquí este mío signo, en testimonio de verdad. Juan Rodríguez».
Santa Catalina
Muchos hechos militares de la Reconquista se relacionan con actos milagrosos y apariciones. En realidad, es una imagen recurrente en toda la Edad Media, que reforzaba el papel religioso de la contienda. La conquista de Jaén también tiene su leyenda relacionada con estas apariciones:
En el tercer cerco que las huestes castellanas sometían a la ciudad de Jaén y cuando estaban a punto de levantarlo, disuadidos por las fuertes defensas de la ciudad, el rey Fernando III recibió la visita en sueños de Santa Catalina de Alejandría. La Santa le pidió que prolongara el sitio, mostrándole en prenda las llaves de la ciudad.
Al día siguiente, Al Amar rey de Jaén, se presentó en el campamento cristiano y rindió la ciudad al rey Fernando III.
Esta leyenda ha dado lugar a cierto error al fechar la toma de la ciudad en el 25 de noviembre, onomástica de Santa Catalina, cuando en realidad se produjo más tarde, en un impreciso día de febrero.
Otra versión de la leyenda de raíz mucho más popular o fantástica cuenta que la santa se acercó hasta la Torre del Homenaje y llamó al rey moro que, cuando se asomó a la ventana, perdió la cabeza segada por la rueda de cuchillos de la santa.
En cualquier caso, es patrona de la ciudad y todos los años se celebra una romería en su honor el 25 de noviembre.
El Señor de la Tarima
La leyenda se refiere a una tabla que era venerada en la Iglesia de la Merced, troquelada en forma de cruz y con una pintura de un Crucificado y conocida posteriormente como el Señor de las Injurias. Se trataba de una imagen tosca, oscura y sombría que desapareció, como tantas otras, en 1936.
La primera versión de la leyenda dice así:
En la calle Merced Baja, frente a la de Bernardo López, en los años posteriores a la toma de la ciudad por los cristianos, había un viejo torreón, bajo el que se alzaba una casucha habitada por mala gente. La leyenda no precisa si se refería a moriscos o judíos.
En esa casa se vendían comestibles y había en la entrada del portal una tarima de madera, que todos los parroquianos que entraban a comprar habían de pisar. Ocurrió que, a un vecino de la calle, se le escapó una gallina, que huyendo fue a guarecerse bajo la susodicha tarima. El dueño de la gallina demandó a a los de la casa que sacaran la gallina de debajo de la tarima. Como quiera que los que vivían en la casa se negaron a hacerlo, indignado, levantó la tarima y encontró, en la cara que tocaba al suelo, la pintura de un Crucificado.
A las voces que dio, acudieron muchos vecinos, así como el prior de San Lorenzo, que llevó la tabla a su parroquia.
Recortaron de dicha tabla lo que correspondía a la cruz.
Durante muchos años se le llamó "El Señor de la Tarima", hasta la desaparición de la iglesia de San Lorenzo, momento en el que la llevaron a la iglesia de la Merced, donde la denominaron "El Señor de las Injurias".
La segunda versión dice así:
En la calle Merced Baja, frente a la de Bernardo López, en los años que siguieron a la toma de la ciudad por los cristianos, había un viejo torreón, bajo el que se alzaba una casucha habitada por mala gente.
En la casa vendían comestibles, por lo que era incesante la entrada y salida de personas a dicha casa.
Unos niños que jugaban a la puesta de la casa escucharon unos desgarradores sollozos que parecían proceder del suelo. Al prestar más atención comprobaron que venían del interior de la tarima de madera que había en la entrada de la casa. Comenzaron a gritar para llamar la atención de los vecinos y al momento acudieron muchas personas y entre ellas el prior de San Lorenzo. Al levantar la tarima, encontraron la imagen de un Crucificado, que todo el que entraba en la casa se veía obligado a pisar.
Se dice que de este hallazgo surgió la tradición en Jaén de colocar cruces de madera con la figura del crucificado pintado en casas y esquinas.
El viaje de San Eufrasio de Jaén a Roma, volando
La leyenda, transmitida de boca en boca asegura que San Eufrasio, Obispo de Jaén, fue y vino por los aires a Roma para traer la cara de Dios.
Como siempre existen diferentes versiones. La más general, la que contó un joven del campo, en el camino de Baeza, a D. Francisco Pi i Margall cuando el ilustre escritor recorría nuestra provincia, haciendo estudios para su obra Granada, Jaén, Málaga y Almería, publicada en 1885. Pi i Margall recogió el relato como una curiosidad y lo transcribió en su referido libro, tal como lo oyera. He aquí el diálogo, sostenido entre el escritor y el campesino:
"-Y, ¿en qué época se cree que vino a Jaén esa milagrosa cara de Dios?.
-En tiempos de San Eufrasio -contestó el campesino-. Hubo entonces un Papa que se dejó prender de amores por una niña traviesa y juguetona que andaba alrededor de su palacio, y hubiera caído el buen Papa en pecado, a no ser por nuestro Obispo, porque era la mujer el diablo y le tenía armada muy bien la zancadilla.
-¿Estaba San Eufrasio en Roma?
-No, sino en Jaén, pero tenía el Santo Obispo en una redoma tres diablos; y como supiese una noche por ellos, que ya estaba puesta la mesa en la que el Papa iba a cenar, con sus amores, partió en volandas para Roma, donde pudo aún conjurar a Satanás y librar al Papa de sus manos.
-¿Y llegó a Roma la misma noche?
-La misma noche. Preguntó San Eufrasio a uno de los tres espíritus que como cuánto tiempo pedía para llevarlo a Roma y contestó el diablo que hora y media. Repitió la pregunta a otro y contestóle que una hora. Repitió la pregunta al tercero y contestó: "Dentro de media hora llamarás a la puerta de la casa de San Pedro, si en recompensa prometes darme todos los días las sobras de tu almuerzo... ¿prometes?".
-¿Y se lo prometió al Santo?
-Prometo, dijo; y alzóse luego el diablo que era, por más señas, cojo, y ya están en Roma para que vea su merced si han hecho pronto el viaje.
-Ligeros han andado...
-Llamó San Eufrasio a
la puerta del palacio del Papa y como le preguntasen quién era, "abre a
Eufrasio", dijo, a lo cual el Papa exclamó: "¿Pues cómo ha de ser Eufrasio si
está el buen obispo en Jaén?". Mas en esto San Eufrasio entraba ya en la sala; y
viendo al Papa cenando, mano con mano con la mujer de rara hermosura de que le
habían hablado los diablillos, vuelto de cara a la taimada, le echó tantas
bendiciones, que no pudiendo ya más sufrirlas, se hundió con gran estrépito en
el suelo llevando tras si al infierno la mesa en que pensaba poder arrastrar al
mismo vicario de Jesucristo.
-¿No cayó el Papa con ella?
-Quedó el Papa como quien ve visiones, más resulto a poco de su estupor, abrazó tan tiernamente a San Eufrasio y derramó sobre él tantas y tan sentidas lágrimas, que daba pesar no sólo verle, sino oírle. Ni sabía cómo recompensar ni cómo agradecer tan gran servicio; pero San Eufrasio nada pidió en cambio, sino esa cara de Dios que guarda Jaén como su primer tesoro. Dióle el papa dos, pero San Eufrasio perdió una en una tempestad deshecha que le asaltó en la mar, precisamente al volver de Roma, y ésta es la única que existe en el mundo después de la que hay en la Iglesia de San Pablo.
-Pues ¿y al diablillo? ¿Le cumplió San Eufrasio la palabra?
-¡Vaya si se la cumplió! Almorzaba el santo nueces y se las rompía en la cabeza, dejándole las cáscaras y diciendo, "ahí van las sobras". (...)
La Virgen Coronada
La historia de la Virgen de la Coronada se repite en la tradición mariana española. Se trata, de nuevo, de una talla de una virgen que un agricultor encuentra cuando trabaja en el campo.
Este hecho o leyenda está datado en el siglo XIII, reinando Alfonso X el Sabio. En el lugar donde se produjo el hallazgo, en las cercanías de la Puerta de Martos, no tardó en levantarse una ermita y una torre, que servía de refugio a los agricultores durante las incursiones moriscas. Allí se constituyó una cofradía de ballesteros, la de la Coronada, y más tarde, ya en el siglo XVI, la ermita pasó a ser convento de los carmelitas descalzos.
La talla fue encontrada dentro de una campana, enterrada. Le dio nombre una corona en su cabeza. Fue destruida durante la Guerra Civil.
En torno a esta virgen se formaron otras leyendas. Se extendió su fama de intercesora por los cautivos. También se extendió el rumor de que los frailes la cambiaron por otra de mayor tamaño y ocultaron la original en un arca.
Los Ángeles de Nuestra Señora de Las Angustias
En 1667 se avecindó en la calle de Uribe una familia formada por un matrimonio y dos hijos pequeños gemelos. Antón, que así se llamaba el padre, encontró trabajo en las obras de la Catedral como escultor. Era un hombre taciturno y poco dado a la conversación. Tampoco su mujer y sus hijos se dejaban ver. Tan discretos resultaron ser, que pronto terminaron por provocar la curiosidad de sus vecinos.
Todos los días muy temprano se dirigía a su trabajo y al anochecer regresaba a su vivienda. Siempre lo hacía de forma solitaria evitando toda conversación y trato con nadie. Hacía todo lo posible por apartarse de las calles principales deambulando por las más solitarias. Este comportamiento tan raro, hacía que aumentara la curiosidad de las gentes en torno a su persona. Sin embargo nadie, ni siquiera los compañeros de trabajo, consiguieron sacarle ninguna información sobre su familia, su vida o su origen.
A pesar de su extraño comportamiento, su gran habilidad tanto como escultor en piedra, como tallista en madera, hicieron que aumentara la demanda de su trabajo.
Cuatro años después de su llegada, cuando más admirado y reconocido era en su trabajo, desapareció, junto a su familia, sin dejar rastro.
Contaron los vecinos de su vivienda que una noche, ya de madrugada, se oyeron fuertes gritos y voces de gentes en la casa, y en la calle un galopar de caballos y estrépito de lucha. Cuando los vecinos se asomaron a las ventanas, vieron a Antón correr calle arriba, tras unos jinetes, en dirección a la Puerta de Martos.
Pasaron diez años y un buen día, Antón volvió a Jaén. Los que lo conocían quedaron extrañados al contemplar su aspecto. En esa década había experimentado una vejez muy considerable, pues a pesar de tener unos cuarenta años, aparentaba más de sesenta. A pesar de las preguntas que le hicieron los pocos conocidos que hablaban con él, nadie consiguió saber nada de lo que le ocurrió.
Se llegó hasta el convento de los Carmelitas Descalzos donde se conservaban varias de sus obras. Pidió hablar con el Padre Superior y una vez ante él le rogó asilo dentro de los muros del convento. El Padre Superior accedió y desde ese instante entró al servicio del convento en calidad de hermano lego.
Allí se quedó como hortelano y jardinero, sumido en un estado permanente de postración y silencio. Finalmente, el Prior del Convento logró averiguar la historia de Antón.
Resultó que nuestro protagonista fue hecho prisionero, cuando prestaba servicio en un barco de guerra español, y conducido a Argel. Allí estuvo cuatro años preso. Cuando le libertaron y como no tenía medios para volver a España, hubo de desempeñar diversos oficios para ganarse el sustento. Estando trabajando en la casa de un rico musulmán, tuvo la ocasión de conocer a su hija. Al instante quedó perdidamente enamorado. Tubo la suerte de que ella también le correspondiera, por lo que las cosas se complicaron bastante.
Aprovecharon la ocasión propicia y después de mil peligros y peripecias consiguieron llegar a la Península. Una ves en ella procuraron adentrarse lo más que pudieron, para alejarse de la costa africana ya que temían la venganza del poderoso moro. Llegaron hasta Sevilla, donde se casaron y nacieron sus dos gemelos. Pero una vez ocurrido el alumbramiento, se acrecentó su temor por los niños y decidieron trasladarse a Jaén pensando que aquí estarían más seguros.
A pesar de su mutismo para con todos, por miedo a que llegasen noticias de ellos al poderoso suegro, ocurrió lo que más temían. Una noche, seis hombres de a caballo armados, se presentaron en la casa y sin mediar palabra le arrebataron la esposa y los hijos.
Lloraba Antón amargamente al recordar los gritos y súplicas de sus seres queridos. Decía que no podía apartar de su mente la cara de terrible pena de los niños en el momento del rapto. Corrió tras ellos alocadamente pero de forma inútil, ya que enseguida desaparecieron de su vista. Caminó durante tres días sin rumbo hasta quedar extenuado bajo un olivo. Alguien lo recogió y lo llevó a su casería. Allí permaneció durante varios días hasta que se repuso de su cansancio y reanudó el camino hacia Almería donde vivió hasta entonces sin que nada ni nadie le ayudara a rescatar a sus seres queridos. En Almería estuvo diez años y al final regresó a Jaén.
El Padre Superior quedó muy acongojado al conocer la penosa historia de Antón, por lo que le dio toda clase de ánimos para que perseverase en la fe y esperanza en el Señor.
Antón
trabajaba entonces en el convento tallando
un precioso retablo para la Virgen de
las Angustias que se veneraba en aquella iglesia. En sus ratos libres y para
colocarlos a los pies de la Virgen, realizó unos angelitos llorosos, que
reflejaban en su gesto un tremendo dolor. Cuando el Superior del convento
contempló las imágenes, supuso inmediatamente la fuente de inspiración de
aquellas maravillas de madera policromada. Le recriminó cariñosamente ya que con
ello aumentaría su pena siempre que los mirara. Aquellos pequeños rostros,
llenos de amargura, eran el vivo retrato de sus hijos la noche que se los
arrebataron.
Terminado el retablo, no habrían pasado más de dos días desde su bendición cuando Antón desapareció para siempre. Dejó una nota sobre su lecho dirigida al Padre Superior. En ella explicaba su decisión de marcharse del convento y de Jaén ya que no podía soportar por más tiempo la contemplación de aquellas dos figuras que le recordaban a sus hijos en tan trágicos momentos.
El Santo Rostro

Cuenta la leyenda que ha llegado hasta nosotros, que cuando santa Marcela (la Verónica), enjugó la cara de Jesús con un paño doblado en tres pliegues, mientras subía, cargado con la cruz, hacia el Gólgota. La cara de Jesús quedó grabada en los tres pliegues del paño.
Posteriormente se separaron las tres imágenes. Una de ellas se conserva en el Vaticano, otra en la catedral de Jaén y la tercera se perdió en un naufragio.
La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno
Existen dos versiones de la leyenda respecto al origen de la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno que se venera en Jaén. La primera dice así:
La
casería de Jesús, cerca del puente de la Sierra, es una bella finca de olivar,
cuyos dueños de entonces, según dice la tradición, vieron llegar una tarde a un
hombre de edad con aspecto venerable, que al ver un grueso tronco de un árbol
cortado que había a la entrada de la casa dijo:

-¡Qué hermoso Jesús haría con él!
El recién llegado propuso que les llevaran el leño a una estancia apartada, y que pasado un día podrían contemplar el grueso tronco convertido en una imagen de Jesús Nazareno, siempre que le dejasen solo y no le interrumpiesen.
Así lo hicieron y transcurrida la noche y la mañana del día siguiente, impacientes y curiosos, y al no oír el menor ruido, el matrimonio y un mozo que tenían a su servicio, subieron hasta la estancia situada en el desván, y al empujar la puerta que hallaron entornada, se encontraron con la maravillosa imagen de Jesús Nazareno, hecha con toda perfección y primor. El viejo escultor había desaparecido y nunca volvió a saberse más de él.
La otra versión de la leyenda, menos conocida, pero no menos curiosa, dice así:
En la cuadra de la casería de Jesús, cierta noche, una bestia que se hallaba asaz inquieta y revuelta, dio una coz en la pared que había frente a los pesebres, apareciendo entonces ante la vista del asombrado mulero, que había entrado con un candil a echarle un pienso a los animales, una habitación cuya existencia se ignoraba por los habitantes de la casa de campo y molino aceitero. Dentro de aquella estancia insospechada se encontró la maravillosa imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que estaba desnudo y sólo tenía puesto un sudario o paño de pureza. Junto a Jesús había una pequeña lámpara de plata que se conservó hasta 1936.